El
20 de Enero de cada año, se celebra en Tuxpan, Jal., animadas Fiestas
en honor de los S.S. Fabián y Sebastián, patronos del pueblo,y
en las que toman parte en numeroso concurso, los indígenas de la
región.
Los Tuxpaneca repesentan un grupo aislado de la antigua raza Azteca, que
en remota época, extendio sus dominios hasta las lejanas tierras
de Xalisco. Y, a pesar del transcurzo de los años, los Tuxpaneca
conservan sus caraterísticas raciales y muchas de sus viejas costumbres.
(1)
Las mujeres son, por lo general, mal proporcionadas, resaltando su boca
grande y de gruesos labios, y una deformidad de la cintura que es debida
a la costumbre de fajarse apretadamente una pesada falda.
Forman ésta con una larga tela que suele medir hasta 15 metros,
permitiéndoles hacer numerosos plieges en la parte superior; y la
ciñen con una estrecha faja a la que dan cuatro o cinco vueltas,
oprimiendo fuertemente la cintura. El joltón, especie de
camisa de alba blancura y otra prenda semejante para cubrir la cabeza,
como discrecional substituto del rebozo, completan su indumentaria.
Los hombres son de estatura mediana, de facciones duras y aspecto austero.
Nada hay en su traje que lo distinga del generalmente usado por los mestizos
de otras regiones: camisa y calzón de manta, a veces pantalón
de mezclilla, huaraches, sombrero de palma de anchas alas y copa baja y,
la imprescindible frazada.
Desde el cerro del Corpus, emenencia de muy rápida pendiente, se
domina en toda su extensión el amplio valle en cuyo centro se encuentra
Tuxpan. El panorama que se presenta a la vista es atractivo.
Por el Norte, y como a tres kilómetros de la población, corre
un caudaloso río que tiene su orígen en la sierra Mazamitla,
y que más adelante formará, con el nombre de río de
"Coahuayana", el limite natural entre los Estados de Colima y Michoacán.
Alegran sus márgenes numerosos plantíos de caña de
azúcar, y de trecho en trecho hay tupidos plantanares. sus limpias
aguas se deslizan con alguna rapidez, y en los frecuentes tulares de las
orillas anidan parvadas de patos de diversas especies.
Más allá del río de Tuxpan, los cerros de Taxinachta
y las Tinajas cierran el valle por el Norte, y el Oriente y el Poniente
lo limitan respectivamente los de S. Miguel y Apanes.
Completa este cuadro el Volcán de Colima, centinela que aunque lejano,
suele turbar la tranquilidad de este valle con violentos temblores y copiosas
lluvias de ceniza.
A corta distancia del cerro del Corpus, casi a nuestros pies, está
el pueblo de Tuxpan. Sus amplias casas, irregularmente alineadas le dan
una desproporcionada extensión. Las arenosas calles , que se antojan
interminables, parecerían monótonas sin los toques verdes
de los cultivos domésticos que interrumpen el ocre de sus tejados.
En la fecha señalada, este pueblo, de ordinario tranquilo, se alegra
con el temprano repique de sus campanas, y el estallido de los cohetes.
La función religiosa reviste singular importancia, principia en
la parroquia con misa cantada y sermón, y terminado este acto, el
gentío se desborda por las calles en nutrida procesión dirigida
por un individuo que ostenta el título de tlayacanque. Su
primer grupo los chayacates, curiosa comparsa de enmascarados vistiendo
trajes viejos, que lo mismo pueden ser de charro o de catrín,
pero que en todo caso deben de ser de los usados por la gente de razón.
(2)
Estos raros e inofensivos sujetos, divididos en pequeños grupos,
recorren anticipadamente las calles, dirigiendo chistes y bromas a todo
el que encuentran, y anunciando su paso el sonido de pequeñas sonajas
que agitan sin cesar.
Vienen después los
sonajeros, portando unos bastones huecos
llenos de piedrecitas, o bien un palo caprichosamente labrado y provisto
de rodajas de metal, ingeniosamente colocadas para que suenen cualquiera
que sea el sentido en que se agiten. Su traje es ordinario, pero profusamente
adornada la camisa con listones de color; sobrepuestas unas calzoneras
de color obscuro y cubiertas las piernas por una especie de polaina roja.
Marchan al compás de una música que dos acompañantes
ejecutan en chirimía y tambor y cuyo ritmo acentúan con fuertes
pisadas y golpes de sonaja.
Finalmente, y entre nubes de incienso que despiden numerosos sahumerios,
vienen las imágenes de los santos patronos, en andas que cargan
solícitos devotos.
Este es el grupo más importante de la comitiva y el que más
atrae las miradas de los numerosos espectadores, esparciados por todo el
trajecto que termina en la paqueña capilla de S. Sebastián.
Figuran en él los mayordomos de las cofradías, asociaciones
a cuyo celoso cuidado corre la importante tarea de preparar los festejos
y cuidar de su debida ejecución.
Son tantos cuantos imágenes de los S.S. patronos se veneran en el
pueblo. Este puesto requiere ciertas condiciones que garanticen una atinada
gestión, e implica entre otros deberes el de ofrecer, con motivo
de la renovación del cargo, una comida en la que se distribuye mole
de puerco o de guajolote, frijoles refritos, carnitas, abundante ración
de tortillas y moderadamente algunas copitas de tiquila o mezcal.
Completan este grupo los encargados de los sahumeiros y la banda del lugar.
En ella figuran los vecinos de mayor aptitud musical, y por lo mismo es
escuchada con general satisfacción, a pesar de que comunmente, tocan
con más entusiasmo que maestría.
Termidadas las ceremonias religiosas se desarrolla un programa con números
profanos, entre los cuales el más interesante es el baile de "Los
Sonajeros"; vigorozos mocetones de 18 a 30 años.
Constituyen una cuadrilla ante cuyo jefe protestan formalmente no tomar
licores durante la ejecución de la danza, bailar con entusiasmo,
respetar al público y compañeros y contribuir con algún
dinero para la compra de cohetes. Este código del sonajero,
será ingenuo, curioso o extravagante, pero no es ni un humorismo
ni menos una mera fórmula, como aquella tan frecuentemente
escuchada en los labios de nuestros mandatarios: Cumplir y hacer cumplir
la Constitución.
La Cruz,, El Molino, La Palma, La Torre, La Serpiente, La Ola y La Morisma
son otras tantas figuras que interpretan Los sonajeros durante la
ejecución de su danza. Algunas son muy llamativas, revelan
ingenio y suponen un buen sentido coreográfico.
La Ola se baila pasando la pareja que va quedando atrás, debajo
de las sonajas sostenidas en alto, de las parejas que le van precediendo.
La rápida sucesión de movimientos de inclinación y
elevación a que dan lugar estos pases, imprime al conjunto de parejas
un movimiento ondulatorio, que es la razón de su nombre.
La Torre termina con una pirámide que forman los danzantes subiendo
unos sobre otros, y cuando lo han logrado, agitan unas banderitas de papel
de que van previstos.
La Morisma es un bailable de complicados pasos cuyo ritmo se acentúa
con fuertes huarachazos; las sonajas mientras tanto se agitan incesantemente;
las levantan más arriba de la cabeza y al bajarlas, las apoyan momentáneamente
en el hombro, para pasarlas después por entre las piernas con un
ágil cambio de manos, y volverlas después a la posición
normal. Se hacen entonces complicadas evoluciones por todos los danzantes,
que han bailado en dos filas, dirigidos por la más habil pareja.
El cambio de figuras se indica con un prolongado sonido de los pitos y
un grito agudo de los danzantes.
Durante todo el día la animación ha sido constante; los rostros
expresan satisfacción; las conversaciones son animadas; nadie parece
estar canzado por el ir y venir a que obligan los nimios motivos que en
estos casos abundan.
Y en este ambiente de pueblerina alegría; de esa sencilla y sana
alegría que de tan poco ha menester para producirce, termina la
fiesta casi a la media noche con los fuegos de artificio: el castillo
y las palmas.
En la reducida plazuela de la parroquia el numeroso concurso ha dejado
apenas un estrecho sitio para el castillo, que atrae todas la miradas
y es tema de las conversaciones.
Quién asegura haber costado trescientos del águila; quién
afirma que va a revestirse dos veces, coronando en la última a la
imagen del Santo Patrono con un marco de luces de variados colores; quién
otro proviene a las mujeres taparse bien los oídos para que vean
sin experimentar sobresaltos.
El cohetero mientras tanto escucha complacido; es su hora, porque después
vendrán los silbidos; no en vano lo afirma el refrán: "te
va apasar lo que al cohetero, si quedas mal te chiflan, pero si quedas
bien...también".
Los curiosos esperan pacientes que el señor Cura mande recado con
el sacristán para que se prendan los fuegos. No se alborotan como
los capitalinos; no molestan con bromas pesadas, de palabra y obra a las
mujeres que tienen a su alcanze; sus mamos se ocupan en pelar cañas
y cacahuates. Ojalá que en la Capital se hiciera obligatorio el
consumo de esos sabrosos comestibles entre los concurrentes de la celebración
del grito la noche del 15 de septiembre; sería un medio represivo
muy en consonancia con el criterio de nuestras autoridades para quienes
el delincuente es un pobre enfermo o un irresponsable.
Una tras otra se prenden las palmas, colocadas en los cuatro ángulos
de la plazuela. Chorros de ardiente luz bañan a los que estan proximos,
causándoles más susto que daño y dando lugar a un
pasajero alboroto: hay gritos nerviosos y alegres risotadas, y tras breves
minutos se prende el castillo.
La trémula mano del cohetero aplica un cigarro encendido al cabo
de la mecha y una serpiente de luz asciende por la estructura del complicado
artefacto, deteniéndose de vez en cuando para dar lugar a que sus
diversas partes vayan inflamándose una tras otra sin restarse lucimiento,
hasta llegar al tope, en donde parece extinguirse. Pero de pronto se inflama
nuevamente produciendo estridentes ruidos: estallidos de cohetes y agudos
silvidos que parecen aullidos de perros; se ilumina todo, se reviste, arrojando
millares de luciente moléculas. En su parte más alta, en
la punta, aparece una imagen de San Sebastián enmarcada con luces
de bengala, de cambiantes efectos: verdes primero, después blancos
y finalmente rojos.
Este es el momento culminante; esquilllas y campanas tocan a vuelo; del
apretado concurzo salen exclamaciones de admiración y una tempestad
de silbidos: es la ovación del cohetero, del humilde y oscuro artesano
que expuso su vida para confeccionar este indispensable fin de fiesta,
tan popular en México.
El numeroso concurzo se disgrega, y a pesar do lo avanzado de la noche,
caminan lentamente, volviendo el rostro de cuando en cuando para contemplar
por última vez la imagen del Santo Patrono, excasamente iluminada
por las mortecinas luces del último revestimiento.
Como en la mayoria de la danzas tradicionales Mexicanas, sus ejecutantes son hombres y, en este caso, los pasos tienen un carácter particularmente viril, amén de complicado. Los danzantes usan pantalones y camisas de popelina, adornados con tiras bordadas. En ocasiones, también llevan una especia de falda corta de color negro. Acampañan la danza una flauta de carrizo y tambor pequeño. Los participantes llevan el ritmo con unos bastones que agitan constantemente y producen ruidos metalicos gracias a los pequeños platillos de latón que tienen. Es una danza con carácter religioso, propia en este caso del estado de Jalisco.
(1)
Los Indios Tuxpanecas del Edo. de Jalisco, en Anales del Museo N. de Arquelogía,
T.II. México, 1910
(2)
Este epíteto que suponía una oprobiosa disigualdad entre
los criollos, europeos y nuestros naturales, está felizmente cazi
en desuso. En algunas regionessuelen usarlo aún, cosa curiosa, los
propios naturales.
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