LA
JUDEA - SEMANA SANTA CORA
Investigación
Original:
Georgiana Luna Parra
de Garcia Sainz
Graciela Romandia
de Cantu
Fotografías:
Ignacio Urquiza
Elaboro: David Rojas
El
pueblo de Jesús María está situado en la Sierra del
Nayar. Es un pueblo en tonos ocres. La tierra es de un color café
muy agradable; las casas son de adobe de esta misma tonalidad.
Los coras hacen en Semana Santa la representación de la Pasión de Cristo. Los "fariseos" son las escuadras romanas, que estan dominando a la "judea". Por eso la "judea" tiene su propio gobierno en etos días.
Todas las influencias y creencias han sido absorbidas por los coras; reinterpretan todos estos trasfondos históricos sin perder los propios. Hacen una yuxtaposición de símbolos: el mal es al mismo tiempo diablo "tiyaro", serpiente negra del río (sumakiva), "judea" y "fariseos" que matan a Cristo, y la alimañana que cada uno de ellos, pintado de negro, representará.
Conservan
sus antiguas tradiciones, su religión, con su rico mundo mitológico
prehispánico; después reciben la evangelización y
también asimilan lo que quieren de lo actual.
Como y cuando se realiza esta curiosa mezcla? No lo sabemos; pero lo maravilloso es que es una autodeterminación liblre, y que no dejan nunca de ser lo que realmnete son:coras.
Los disfraces representan personajes diferentes: hay dos centuriones, uno vestido de negro y otro de blanco, con sus caballos de igual color, que actúan según el rito.
Su traje es sobrio, parecido al del picador de la fiesta de toros: llevan sombrero y una lanza grande, de carrizo. El caballo está cubierto con una manta adornada y bordada. En cierto momento, como cuando cae la sangre de Cristo, se cubren la cara con un paliacate.
La
"judea" está integrada por los hombres jóvenes y maduros
del pueblo, que se "borran" (creemos que así le llaman a esa transformación
temporal de su personalidad). Llevan máscaras extrañas y
bellisímas.
Mandan la "judea" cuatro capitanes, que no llevan máscaras sino anteojos, porque "así ven, sin que los vean" y un quepis blanco, al que adorna una pluma grande.
Sus músicos llevan un sombrero, que en la copa ostenta una gran flor, como crisantemo, de papel de china blanco. Sus instrumentos musicales son las flautas de carrizo y el tambor.
La música es de ritmo muy marcado; el sonido de la flauta fluye en semitonos, y la melodía, según los sones, es lánguida o sensual, pero siempre enajenante, sugestiva.
Los jovenes empiezan a "borrarse" desde la adolescencia; tienen que hacerlo durante cinco aðos, como obligación; pero hay muchos que lo hacen 20 o 25 años, cuando no tienen otra comisión o suben de rango.
Los viejos aceptan otros cargos; todos han de cumplir una misión con gran reverencia y disciplina.
Los "topiles" desempeñan comisiones en la Iglesia; los "tatuanes" son los que visten y desvisten a los santos, y los "mayordomos", son los encargados de quemar copal en el templo. Este cargo es el único que pueder ser desempeñado también por mujeres. Las demás son, o espectadoras, o elegidas para preparar las comidas.
Entre la "judea", el puesto más alto corresponde a uno de los cuatro capitanes. El gobierno cora entrega a su poder a la "judea" al dejar sus ocho bastones de mando en la Iglesia, en el Santo Entierro; los bastones llevan cintas de colores como símbolo de rango o condecoraciones.
MIERCOLES SANTO
Irrumpe por las calles, con gran algarabía, la "judea". Sus gorros y máscaras blancas brillan a los rayos del sol; constituyen el único movimiento entre toda esa quietud ocre. Pasan velozmente.
Suenan la flauta y el tambor! Aparece la "judea" a toda carrera y rodea una casa.
Apoyan
sus sables de madera en el suelo y cantan en cora, bailando al compás
de la música. Los capitanes se paran frente a la puerta y piden
tabaco al dueño de la casa.
Desde ese momento empiezan a hablar en forma ininteligible; esto se intensiica, tanto en sus ritos, como en las conversaciones entre ellos. Siempre hay algunos "bufones" que participan en las danzas; hacen reír tanto por su mímica, como por sus complicados diálogos sin sentido.
Con excepción de los capitanes y músicos, todos levan máscaras blancas. Representan animales, toros o venados, con cuernos, orejas y mechones; zorros con la boca abierta, la lengua afuera y dientes plateados; hay águilas y guacamayas; otros parecen cerdos y burros; las hay cubiertas, como bloques de piedra. Las Máscaras de calaveras humanas muestran también detalles de animales.
La fantasia no tiene límites; tampoco la diversidad de formas; en algunas es la belleza abstracta de las cabezas de animales; en otras, la interpretación de la monstruosidad o la fiereza. Las máscaras de aves expresan pícara alegría.
Los "judeos" hacen cada uno su máscara. No existe un día o momento especial para hacerla; puede ser desde el Domingo de Ramos; dicen ellos que cuando tienen el "gusto". La moldean en barro y luego la forran de cartón. Cada año debe ser distinta, pues el molde se rompe. Lo que se expresa en ella también es el "gusto", para que en esa interpretación se pueda "borrar". Que expresan? Serán sus tendencias? Sus anhelos frustados?
Quiza el deseo de identificarse con la cualidad preponderante de un animal: la astucia del zorro, la belleza y agilidad del venado, la agresividad de la fiera. La mayoría son combinaciones de formas representativas que incluyen también a sus "totems" de barrio o de familia, o a sus dioses.
Lo
cierto es que en la máscara el cora plasma algo muy importante de
su subconciente; se expresa como catasis por estos medios de expresión
plástica, de danza, de ritual que envuelve todo su potencial místico-erótico;
así participa en su comunidad y cumple sus propias tradiciones y
creencias.
Desea ser parte de algo común, y sostiene su propia individualidad, no la aparente diaria, sino la afloración de su profundo y verdadero yo, mediante la ingestión del peyote, llega a una entrega total.
El peyote es traído a vender por las familias huicholes que visten lujosamente; su jefe, en esta ocasión, es un hombre de edad avanzada y pelo largo, cano, amarrado por detrás.
Después de recorrer las calles ejecutando la danza de la "Pedida de Tabaco", llegan frente a la casa del Centurión. Los capitanes, seguidos por toda la "judea", vacían el tabaco de sus morrales frente a las autoridades y el Gobernador, quienes, vestidos de blanco, permanecen en pie bajo la enramada del pórtico de la casa. Fuman pipa (que esta hecha de barro) y con gran dignidad y displicencia reciben regalos. La música empieza a tocar y, formados en círculo, bailan el son de "Tengo Comezón en el Trasero", que es muy alegre, con acompasados pasos; se vuelven de un lado al otro, alzando a cada vuelta el pie hacia atrás como para rascarse.
Son
muy agiles para danzar; marca el ritmo el sonido de un caparazón
de tortuga que traen amarrado en la cintura, y el cual rellenan de piedras.
Es el símbolo de la virilidad.
El siguente baile se llama "venado caca redonda", que ejecutan con otros pasos, y con otra coreografía, dirigida por los capitanes. Luego, en dos filas, una frenta a otra, inician otra danza-combate con los sables.
Va a empezar la ceremonia de la "Culebra Negra" (Zumakiva). Es una crin de caballo, trenzada, que representa el mal que sale del río, y los que va a convertir en demonios, al pintarse de negro el día siguiente.
Los capitanes, con la culebra en la mano enmedio de las filas, les pegan en las piernas; los judeos, bailando y defendiendose, le pegan con el machete.
Cuando
calla la música todos forman un gran círculo. De la casa
de enfrente sale una mujer cora, muy elegante, ataviada con una blusa floreada,
falda amplia, collares de chaquira y peinetas de colores.
Toda la judea se sienta en cuclillas dentro de ese gran círculo. Los capitanes reparten la comida.
Con las máscaras levantadas, charlan unos con otros. El Centurión coge un gran cántaro café, muy hermoso y a uno por uno les da líquido refrescante.
La forma de vaciarlo es muy curiosa; apoya la base redonda del cántaro en su huarache, y con la mano sostiene la estrecha boca; alzando el pie, la ladea, y así sale fácilmente el líquido.
Con gran respeto, los capitanes dan las gracias al Gobernador por la comida. Están ejecutando un ritual de la Semana Santa, y eso parece la repetición del milagro de la "Reproducción de los peces y panes". El pueblo es igual a cualquiera de Palestina, y los hombres son pescadores o campesinos. Así debieron ser los apóstoles que hace tantos años siguieron a Cristo para oir su sermón, subiendo con él a la montaña.
Sólo
con la magia del pensamiento se puede hacer una mutación perfecta.
Algo de esas cosas mágicas y sobrenaturales de ellos, se esparcen,
invaden y dominan espacio y tiempo.
Al sonar de nueva la flauta y el tambor el Gobernador, vestido de blanco, erguido, majestuoso, sale del pórtico en donde ha presidido, de pie, imperturbable, la ceremonia; encabezada la marcha seguido de las autoridades, los capitanes y la "judea", que marcialmente, con los sables al hombro, van en filas.
Hace un calor terrible...En los barrios indígenas del pueblo, todas la callejas son muy parecidas. Todo está solitario y siliencioso. La calle principal desemboca en el río.
Las cuevas son los santuarios donde oran los "Chamanes". Ahí, depositan los "muveris" y "ojos de Dios". Estos son tejidos de estambre de lana de colores, en bastidores cuadrados. El "muveris" es un carrizo, adornado con un penacho de plumas y bolas de algodón.
Son símbolos de poder divino, y se utilizan en su ritual religioso y curativo.
Los "Chamanes" son para los coras sacerdotes, médicos y consejeros, ocupan en diferentes circunstancias cargos en el gobierno.
A través de una vida de aprendizaje y castidad, van consagrandose a su vocación, que generalmente sienten desde niños. Conocen todos los ritos, los cantos, las "pachitas", y van adquiriendo los objetos simbólicos, que les ayudan a su comunicación con los dioses., o para ejercer sus poderes sobrenaturales.
Aquí el tiempo es diferente. Los coras no cuentan las horas. El tiempo tiene distinta dimensión; no hay prisa. La medida son las cosas que tienen que suceder; suceden a su tiempo, y no las apresuran.
En la tarde del miércoles, en la parte baja del Shuisetana, que es un peñasco de formas caprichosas, bajan los caballos negros y blancos de los centuriones, a beber agua en la orilla del río. Los vigila un "fariseo" con su gran lanza. Al reflejarse en las aguas inmóviles, los animales, tranquilos y altivos, parecen conscientes de la dignidad que representan.
Se oye a lo lejos el sonido de la flauta, que no rompe el silencio; lo acompaña.
Un muchacho cora de pie bajo un gran guamuchil, toca al viento. Alrededor del tronco del árbol, se sientan en cuclillas unos ancianos fumando pipa, meditando.
MIERCOLES SANTO POR LA TARDE
Los
fariseos, formados en dos filas con sus lanzas, hacen guardia al caer la
tarde frente al Palacio Municipal. El Centurión blanco montado en
su caballo esta en medio. El resto de la "judea" forma filas atrás.
La música toca un llamado guerrero.
En la noche, en una plaza en otro lado de los cuatro barrios de la zona indígena cora, se realiza el baile de La Tortuga. La gente del pueblo se sienta en las orillas.
Llega la "judea" marchando, y al frente de la casa del Centurión forma una rueda. Inicia la cadenciosa música de La Tortuga. Empiezan a hacer movimientos eróticos; se apoyan en sus sables, inclinándose hacia adelante y arqueándose para atrás. Musitan y cantan alegremente detrás de su máscara. Una de las fiestas del son es "Tenemos fiesta, tenemos fiesta".
En medio de risas, en algunos momentos cuatro o cinco, se juntan en fila apretada.
La luz de la luna es intenza, difusa y hace brillar lo blanco de sus máscaras, camisas y quepis, dándoles aspectos fantasmagóricos.
Uno de los coras, con una máscara de guacamaya llena de pelos, empieza a desnudarse y su compañero, que lleva puesta una máscara de venado, hace una pirueta y se asoma a verlo. Todos ríen y siguen bailando.
En medio del círculo, cada uno de los cuatro capitanes representa desnudo el acto sexual, al compás de la música.
Sale un capitán, que recorre el círculo por el interior, escoge a un muchacho, y éste pasa en medio a ejecutar la danza. Se ríen todos de sus intentos, pues es un aprendiz, y alrededor de él van ejecutando todos esta danza fálica.
Van pasando, escogidos por los papitanes, a hacer su exhibición, zorros, venados, avces y monstruos, los cuales se desnudan hasta quedar sólo con su ceñidor y su tortuga en la cintura.
La identificación de la máscara en el cuerpo y sus movimientos van siendo cada vez mayores. El venado salta, corre y se detiene, alza la cabeza; el ave grazna; otros mugen o braman al realizar esta danza erótica.
Cada uno tiene su propia interpretación; los bufones remedan al animal picarescamente; otros terminan de rodillas, arqueandose como felinos; otro, con máscara de cerdo, llega al centro con pantalones y se desviste mientras baila.
Cuando
empieza la danza, la música los acompaña, y no calla hasta
que han terminado. A un joven, que no puede acabar, le paran la música
y regresa a su lugar dando saltos en un solo pie.
Nadie tiene el menor sentido morboso respecto a lo que sucede aquí. Es lo más natural. Es su costumbre. Es la iniciación sexual de los jovenes, enseñada dentro de un ritual por sus mayores. Después sabrán desempeñar bien sexualmente; se pueden casar; han sido "iniciados".
Otro, con máscara de zorro, mueve la cabeza de un lado a otro, como olfateando, trata de arrimarse por detrás a los músicos, que desprevenidos, saltan hacia adelante.
En esta ceremonia no permiten sacar fotos; dicen "que les roban el alma", y Hatzikan ( el lucero de la mañana) les lanzaría flechas que causan desgracias
La guacamaya y el venado son los más cómicos de todo el círculo. Realizan ingeniosamente miles de escenas eróticas y dicen chistes en cora que hacen reír a todos.
El único "judeo" que tiene máscara humana es Lorenzo, el Chamán; cuando pasa al centro, hay espectación. Ya no vive en Jesús María; se ha remontado a la sierra, con su familia, para allí poder seguir más aislado su vida de misticismo. Allá lo van a visitar los coras, para sus curaciones y consultas, aunque se hacen tres horas de camino a pie, por veredas. El, alto, esbelto y aún con su máscara, transmite algo distinto de fuerza personal y autoridad.
La danza que realiza es impresionante y muy bella; los movimientos eróticos son humanos y, al final, termina poseyendo a la Tierra, irradia algo sublime, profundo.
Todo parece irreal: la luz sensual y misteriosa es alucinante...
La máscaras se mueven; los hombres, o...seran hombres? Que son? Danzan; es un movimiento continuo.
Podría ser un sueño esta visión tan extraña.
Algo misterioso flota en el ambiente; la iluminación es traslúcida. En ciertos momentos una máscara, un quepis o alguna postura de los danzantes, parece una silueta estática; todo lo es cada vez más enigmático.
Ya en esta danza, empiesan a distribuir el peyote. Las autoridades lo tienen y lo distribuyen. Cuando el "judeo" la pide, enlaza sus manos por detrás, y allí se lo ponen, sin interrumpir la danza. Lo dan en pequeña dosis, cortado en ruedas, y los va haciendo mantenerse con fuerza para bailar y seguir los ritos sin descanso durante esos tres días, sin comer ni dormir.
El peyote tiene la propiedad divina de la cominión con lo sobrenatural; da fuerza sobrehumana y realiza la transformación mental para realmente "borrarse" y entregarse por entero.
JUEVES SANTO
A la luz de la luna, el centurión blanco va en su caballo, tinteando unas campanas de plata. Se encamina al templo. A pesar de su figura misteriossa, lo alegra ese sonido metalico, que rompe el silencio de la noche.
En la roca Shuisetana está la "judea", y en el río se refleja la escena iluminada con los colores de la luz amarilla del sol saliente.
Van de un lado a otro; en una fogata encendida queman el olote. Se oyen sus voces y risas mezcladas con el canto de los pájaros.
Junto a la fogata están dos ancianos vestidos de blanco. Uno de ellos empieza a pintar el cuerpo de un muchacho. Se siguen decorando casi todos.
Uno le está dibujando a otros rumbos en el cuello; a otro, le están pintando rayas blancas verticales en la espalda. Algunos se pintan la piernas con rayas horizontales o serpenteadas.
Después de un largo rato, ya de mañana, han bajado de la roca tres capitanes, pintados todos de negro. En la arena montan guardia con los sables levantados; tienen en el pecho un escapulario blanco; es un distintivo que les pone uno de los ancianos jefes. Dos "Zopilotes" bajan después custodiando al Gobernador que, vestido de blanco, con su sombrero de petate y envuelto en una frazada, se les acerca pausadamente, fumando..
Se les va uniendo la "judea", con los cuernos pintados de mil formas. En las máscaras blancas han remarcado con negro los rasgos más sobresalientes, haciendolas parecer diabólicas. Los penachos blancos de los sombreros de los capitanes y las flores de los quepis de los músicos son movidos por el viento que baja de los montes.
La "judea" está ahora poseída por el mal; son los enemigos de Jesús; ahora son demonios. Van a sitiar la ciudad. El pueblo está cercado por montes oscuros, que ahora semejan guardianes amenazantes. Jesús María será prisionero de las fuerzas de la serpiente negra, que ha salido del río.
Los capitanes al frente, con los sables levantados, atraviesan el pueblo, seguidos en fila por toda la diabólica "judea". Corren a un paso rítmico, y todos al mismo tiempo. Suenan la tortuga que traen en la cintura.
Al pasar frente al templo, doblan las campanas; al oírlas los coras se postran en el suelo con una rodilla en la tierra y la cabeza agachada, luego se acuestan boca abajo, pegando la cara al suelo. Después se pones en cuatro pies, lavantando la máscara. Ya estan posesionados del mal, y al oír el llamado de la iglesia, adoptan esa actitud de fieras.
Para sitiar al pueblo, se dividen en dos bandos: uno va a la izquierda y otro a la derecha, y dan cinco vueltas alrededor, recordando la toma de Jerusalén. Ya no hay risas; son ahora un ejército demoniaco.
El mundo mágico y maravilloso de los coras "eso" intangible, vigoroso y suave a la vez, lo envuelve todo.
Como se tiene previsto, Jesús María, con todos los que estan dentro, se ha convertido en una prisión. Nadie puede entrar ni salir, no sólo por el impedimiento físico. Las mentes han sufrido una mutación, absorbidas por la "cosas" místicas del rito. Desde este momento, nadie puede entrar ni salir; hasta el sábado en la mañana, que se abre la Gloria.
En el interior del templo, los coras ya han dispuesto el altar. Está adornado con hojas de palma y naranjas. Los "Mayordomos", "topiles" y el "basta" reciben ofrendas y las acomodan; Algodón, semillas y azucar. Las imágenes están cubiertas de tela morada. La Virgen está vestida de negro, adornada con los bastones de mando de los gobernadores y las cintas de colores; el altar de plata repujada está cubierto de un gran rebozo rojo.
Abajo está el Santo Entierro; enfrente del altar ponen un Cristo, que conservan todo el año dentro de una caja. Lo acuestan sobre un paño, en el suelo, y lo cubren de varia telas doradas. Alrededor, velas e incensarios de copal. Arrodilladas ante los sahumerios están dos mujeres coras. Siguen dos filas de 13 niños, vestidos con túnicas y tocados con coronas tejidas de palma. Llevan velas encendidas en la mano; uno de ellos es el Nazareno y los otros doce los apóstoles.
El Nazareno es escogido entre todos los niños. Deben distinguirse por su piedad e inteligencia; tienen que ser por lo menos de 7 u 8 años de edad, pues representa a Jesús cinco años seguidos, conservando la castidad. La mayoria de ellos al crecer, serán Chamanes o autoridades, pues son niños priviligiados. Cerca de ellos hay un hombre cora. Reza con las manos juntas. Es el papá del niño Nazareno (Cirineo) y lo acompañará a todas partes, cumpliendo con orgullo y respeto los ritos.
A la izquierda, en una silla pegada a la pared, están sentados varios ancianos, vestidos de blanco, que son exgobernadores, o autoridades coras. Son los que han prestado sus bastones de mando para la Virgen.
La planta del templo es un forma de cruz y, en la nave de la izquierda, tapada con una cortina negra, está la estatua de Jesús, postrado, cargando la cruz, con su corona de espinas. Los coras entran y rezan; sacan de su morral o de su atillo hecho con su paliacate bolas de algodón, acen filamentos y los elevan entre la imagen. El filamento representa la unión de ellos con Dios, y el camino para llegar al cielo.
Mientras, la "judea", en una plaza, baila sin interrupción durante varias horas. Son danzas macabras; ahora sus movimientos eróticos los hacen como retando al bien. No sé quienes son más terroríficos: si los que traen máscaras, o los capitanes con la máscara pintada. Los ojos les brillan desorbitados; no ven fijo, pero cuando miran, traspasan. Están alucinados, y de pronto les giran los globos oculares.
Algunos llevan pulseras de chaquira con raros diseños, y todos, sus morrales colgando del hombro y su ceñidores con la tortuga.
Las autoridades: el gobernador altivo e imperturbable como siempre, y los capitanes, dan órdenes de buscar al Nazareno. Un venado y un tecolote salen corriendo por la calle.
Repiten las danzas, la vigilancia del templo y la búsqueda del Nazareno en grupos. En el techo del templo unos coras tocan unas matracas enormes, cuyo sonido se difunde por todo el pueblo. Los "judeas" suspenden la música y se vuelven otra vez maléficos y misteriosos. Va a seguir el rito de la Iglesia.
Bajo la enramada se realiza la representación de la Ultima Cena. Acompañados por el Cirineo, y los mayordomos del templo, se sientan los 13 niños a comer. La "judea" alrededor, andan de un lado para otro, vigilan; detrás de las máscaras mugen, portando sus sables al hombro. Allí está el objeto de su venganza, y sin embargo, aún no pueden hacerle nada.
La máscara les cubre la cara; parece que los ahoga, pero ellos siguen, en ese movimiento continuo, en esa entrega mística, en esa tranmutación psíquica, que cada vez sube más de intensidad.
En la tarde, hay una procesión enfrente del templo, que representa el encuentro de la Virgen con Jesús, en el camino del Calvario. Sacan la estatua del Nazareno al atrio de la Iglesia, le ponen alrededor hojas de plátano y cañas. Está solo, orando en el monte de los Olivos. El Centurión blanco, y los fariseos, llevan después la imagen, cargada en andas por la calle, hasta la enramada.
El obispo pronuncia allí un sermón ante el pueblo.
Ya han caído las sombras de la noche.
La procesión continúa siguiendo al Nazareno y a su Madre. Los "judeas", con los sables al hombro y la cabeza inclinada marchan a los lados.
Los canotos religiosos católicos se mezclan con el triste sonido de la flauta cora, el patético retumbar del tambor y de las cadenas que arrastran por el suelo. Los demonios, a los lados, no cantan, ni rezan, ni alzan la cara: cumplen con el rito. Ya llegará su hora de muerte y venganza.
Al regresar todos al templo iluminado, los violines y las flautas están tocando pavanas y minuetos. Fueron enseñados por los jesuitas, en la época de la colonia, y son el antecedente de los sones populares de estas regiones.
Van llegando cada vez más músicos; parecen ángeles que llenan la iglesia con el sonido de lindisimas notas.
Afuera, en las tinieblas, los "judeos" rodean el templo; obviamente nunca trasponen ni el umbral de la puerta del atrio. Toda la noche recorren el pueblo constantemente, hasta que parten al río llamados por la flauta y el tambor a realizar la pintura final, la transformación alucinada con colores brillantes, exarcerbando totalmente la extroversión del subconsciente, plasmado en la pintura sus propias tendencias que afloran al mezclarse con su carácter de poseídos del mal.
VIERNES SANTO
En la mañana reaparecen enloquecidos los "judeos" por la calle principal que viene del río. Van emergiendo de lo profundo, pues como la calle tiene un declieve, parecen surgir del vacío, estos demonios desbocados.
Mágicamente van apareciendo, primero, las puntas de los sables, las plumas de los sombreros de los capitanes y en el impulso de un salto todo le "tijaro" (diablo) completo. Uno tras otro saltan, invaden y llenan el espacio de su agresiva presencia. Colores, colores, miles, los más brillantes y ofensivamente bellos e intensos.
El sonido de la tortuga marca el ritmo de su loca carrera.
Todo lo que era ayer blanco, lo han pintado de colores; cuerpo, máscara, sable, gorro. No se puede explicar si esto es terrorífico, o extraordinariamente bello; porque son tan ágiles en sus movimientos, que cada postura podría se la de un magnífico bailarín.
En el ayuntamiento los esperan, haciendo guardia, el Centurión negro y los fariseos.
El niño Nazareno sale de ls Iglesia y se esconde en una casa con su padre. El Centurión negro, los fariseos y la "juedea" suben a la casa del gobernador a presentarle sus respetos, y a informarle que van a apresar al Nazareno. Se detienen después en la puerta de una casa; hay una "cagada de animal", lo más repugnante, lo feo, donde estás Jesús, el bien, lo bueno. Todo es una constante lucha entre polos opuestos; contradicciones, choques entre símbolos antípodas. Los capitanes tocan a la puerta y preguntan por el Nazareno: todo el lenguaje es invertido y los conceptos también. El dueño de la casa les contesta en un diálogo "al reves" y, de repente el niño, de la mano de su padre, sale corriendo. El bien triunfa, y el mal, la "judea", grita y se revuelca desaforada, en el suelo. Persiguen velozmente al Nazareno por las cales y llegan a otra casa. Así pasan por cuatro lugares, hasta que, en el quinto, un "judeo" se sube a un árbol y encuentra un papel que le dice donde está: trae un tejón disecado, que husmea. Los otros animales (los "judeos"), parecen fieras restreando a una presa.
Pobre niño! Dios venado! Como ha corrido! El Cirineo no lo suelta; de repente con la manita se endereza su corona que se le cae de lado. Debajo de un árbol, por fin, lo apresan. Con los sables golpean el suelo, el viento, los árboles. Le amarran sus manecitas con la cuerda negra (la serpiente) y polvoriento, sudoroso, lo llevan ante las cruces de los 4 barrios, y luego al templo. Los fariseos y el Centurión negro están esperando. Los diablos triunfantes ven desde afuera del atrio a niño preso. Bailan enloquecidos, retando al templo. Los fariseos entran en la Iglesia y al otro Nazareno, la estatua, le amarran la serpiente negra. En el interior se siguen oyendo las oraciones de los fieles.
La "judea" monta, en un burra al revés, a un muchacho; lo cubren de cascarones de huevo ensartados y empiezan a recorrer las calles. Pasan de ese estado feroz a ser actorees de una sátira. Ahora son bufones que imitan a los sacerdotes y a los fieles de la procesión del día anterior, y ridiculizan todas sus actitudes. Riendo y divirtiéndose, pasa uno con un sahumerio, con chile quemandose, que los hace llorar y toser.
Van a dar las 3 de la tarde. "Todo estaba escrito". Entran al templo el Centurión negro y los fariseos con sus lanzas. Llevan la cara tapada con un paliacate. Se amontonan ante el altar y, en silencio, le encajan los carrizos a la imagen de Cristo. Ya ha sucedido. "Todo se a consumado". "En tus manos encomiendo mi espiritu". Sí, Cristo ha muerto por nosotros. Todos; coras, negros, blancos, buenos y malos, de ahora y de siempre, y Cristo es Dios.
El tiempo se detiene. Todo está inmóvil. Parece que los asesinos de Cristo se han convertido en estatuas como la de Él...Hay tristeza, consternación; la luz se opaca. Una nube ha tapado el sol. Se obscurece el templo y, como sombras, salen el Centurión y su ejército.
En las calles deambulan los demonios enmascarados arrastrando los sables. Unos parecen buitres que quieren devorar carroña, otros se ven arrepentidos, otros siguen enerdecidos. Se van juntando, después bajo la enramada, empiezan a caer, temprano, las sombras misteriosas de la noche, pesadas, ticiturnas. Ya se confunden los diablos entre ellas y ahora se sienten más identificados con las tinieblas. Ya están incontrolables, agresivos, repugnantes.
Sigue la música y la danza macabra.
Entre ellos hay un zorro herido. Se para, se apoya en el sable y voltea su hocico para un lado y para otro, husmea y lluego fijamente se queda viendo algo. Le escurre sangre de la cabeza...zorro herido, fiera derrotada. Sus fauces entreabiertas enseñan los antes brillantes dientes. Ruge amenazador, echando la cabeza al frente. Así se queda mucho tiempo, hasta que ve brillar dos ojos amenazantes en la penumbra: son los del capitán. Vuelve la cabeza el zorro, llamando por su penetrante mirada, y sale tras de él.
Rondan y rondan sin descanzo toda la noche. solo se oye su música lejana; el sonido de sus pasos y el retumbar de sus tortugas que acompañan a sus sombras.
SABADO DE GLORIA
Lanzan
cohetes al aire; tocan las campanas y truenan cohetes. Se abre la Gloria.
En locas carreras, los diablos frente al templo se desorbitan, trastabillean, pelean, gritan, aúllan, caminan en cuatro pies, se tiran al suelo, se contorsonian. Otros se revuelcan, sin sentir las piedras del suelo; machetean la barda de la Iglesia.
Vuelven a levantarse; quieren todavía combatir al bien; no quieren morir, intentan luchar desesperadamente, pero ya no pueden; van cayendo vencidos, angustadiados; agonizan los demanios. Las campanas tocan a vuelo, les hiere su sonido metálico y sus tiznes, con el sudor, les escurren. Las piernas les tiemblan, los brazos les cuelgan flácidos, y haciendo un último esfuerzo, caminan tambaleantes hacia el río.
El
río es principio y fin de la "judea". En ese declieve del camino,
de donde han emergido los demonios, es de donde se ve el remanso del agua
cristalina. Eso los reanima, bajan la pendiente corriendo. Se lanzan al
agua de clavado gritando, nadan, se zambullen, salen y sacuden sus melenas.
Ya no traen puesta la máscara! La sumergen en las aguas y se forman
ondas de colores cuando se dehace. Hay risas, ruido de agua, frescura,
descanso, renovación; los colores brillantes de las rocas, de su
cuerpos morenos, de sus dientes blancos que asoman en sus sonrisas, deslumbran;
salpican agua para todos lados en sus zambullidas, nadan, van a la roca
y regresan, retozan, corren por la playa, chocan y se ríen; saltan
y entirerran sus pies en la arena.
Blanquea la espuma de las yerbas jabonosas que los va limpiando; se lavan los pies, se tallan los brazos, se enjuagann, y después se secan al sol acostados en la roca.
Por la pendiente bajan las mujeres. En los brazos extendidos traen la ropa limpia. Con pasos menudos y derechos se acercan. El viento suave les ondea las faldas de colores. Los hombres se visten de pie, sobre la arena; les gotean sus mechones de pelo azabache sobre las blancas camisas. Con su esposa de la mano y seguidos de sus hijos, regresan a casa. Son campesinos, hombres, padres, novios, otra vez, como siempre: Pedro, Lupe, Gabino, Abundio...
Qué triste que el embrujo se haya terminado. Se vuelve a la diaria realidad.
Las huellas del "mindo cora" se graban con intensidad en el alma de los que han asistido al "rito".
Subiendo por el monte
dejan atrás el río, fin y principio de sus vidas.
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